¿A Qué Reino Pertenecemos?
Ningún reino terrenal es perfecto. Entonces, ¿a qué reino anhelamos realmente?
Ningún reino terrenal es perfecto. Entonces, ¿a qué reino anhelamos realmente?
LD: Imagina que tu familia ha vivido en el mismo lugar por generaciones y generaciones. Tú y tu familia se enorgullecen de los edificios, las calles, la gente; de toda la historia que forma parte de su pueblo. Ahora imagina que, cada cierto tiempo—cada diez o veinte años—se anuncia un nuevo gobernante. Y de repente, se espera que le seas leal a un rey completamente nuevo, de un país lejano. Sería como despertarte y ver una bandera diferente en todos los postes, aunque sigues viviendo en el mismo lugar de siempre.
Muchas veces pensamos en los invasores extranjeros como algo negativo, especialmente para quienes están siendo invadidos. Y probablemente con razón. Pero, ¿fue siempre así en cada situación a lo largo de la historia?
En los primeros tiempos de la historia antigua, cuando un reino o imperio conquistaba otro territorio, eso traía mucha incertidumbre a la vida de la gente. Porque los conquistadores imponían nuevas leyes, nuevos impuestos, o costumbres distintas; rompiendo con el orden que ya conocían. Y casi siempre, esos territorios eran tomados a la fuerza, mediante la guerra. A veces, los pueblos conquistados experimentaban una mezcla cultural cuando los nuevos gobernantes traían consigo su idioma, religión o tradiciones.
Por ejemplo, Alejandro Magno llevó la cultura griega a muchas regiones que conquistó. La forma de vida griega llegó de golpe, mezclándose con la de los pueblos que ya llevaban generaciones viviendo ahí.
Pero también hubo casos en que la gente recibía con gusto a los nuevos gobernantes, especialmente si traían estabilidad, mejor infraestructura, o alivio si los liberaban de un imperio anterior que los oprimía. Si habías vivido bajo un rey cruel o un gobierno caótico, tal vez te alegrabas de que llegara otro rey o imperio que tomara el control de tu región. En algunas situaciones, un invasor extranjero fue visto como un verdadero libertador.
Por ejemplo, en el año 539 a.C., el rey persa Ciro el Grande conquistó Babilonia y puso fin al Imperio Neo-Babilónico. Los babilonios habían oprimido a muchos pueblos—incluidos los judíos—quienes habían sido exiliados tras la destrucción de Jerusalén. El rey Ciro permitió que los judíos regresaran a su tierra y reconstruyeran el Templo en Jerusalén. Por eso, muchos lo celebraron como un libertador, y sus políticas de tolerancia religiosa y respeto a la autonomía local hicieron que el dominio persa fuera, en general, bien recibido.
Un ejemplo más reciente y más conocido fue la entrada de las fuerzas aliadas en Europa ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. La gente en países como Francia, Bélgica y los Países Bajos vio a los Aliados como liberadores, porque los estaban rescatando de la opresión nazi. El fin de políticas duras—como el trabajo forzado o la represión de libertades—fue algo muy bienvenido. Los soldados aliados fueron recibidos con celebraciones, y su presencia ayudó a reconstruir y estabilizar Europa después de la guerra.
Pero es interesante imaginar lo complicado que debe ser vivir una situación donde en el fondo deseas que un extranjero invada tu país. O sea, estás viviendo bajo una bandera, pero esperas con el corazón que algún día venga otra nación—o un rey bueno y justo—y derroque a tu líder. Hoy en día tal vez podamos relacionarnos con eso pensando en cómo muchas personas ponen su esperanza y expectativas en elecciones políticas, esperando que gane su partido o candidato para que las cosas mejoren.
La verdad es que, viendo la historia, ningún reino, imperio, país o gobernante ha sido—ni será—perfecto. Ser humano es tener defectos, y eso es lo que son nuestros líderes: humanos. Así que, de alguna forma, todos podemos entender ese anhelo por un reino perfecto, por un rey bueno, justo… incluso perfecto. Y si realmente existiera la esperanza de algo así, ¿no orarías tú también para que ese reino llegara pronto?
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